¿A quién unirá su vida?
¿A quién unirá su vida?
“Lo amo tanto que no podría vivir sin él”, le confesó Yeinni Karina, de tan solo quince años, a una amiga del colegio días antes que decidiera quitarse la vida. El muchacho era atractivo. Tres años mayor que ella. Alegre. Vivaz. Se conocieron en el parque central de un pequeño pueblo en Uruguay.
Todo al principio era maravilloso. Compartían la inclinación por la misma música, los gustos por la comida, el deporte, e incluso les gustaba la época navideña. “Es alegre aunque nostálgica”, aseguraba la chica, a lo que su enamorado se limitaba a decir: “Tienes toda la razón”. Al parecer no quería llevarle la vía contraria en nada.
Las diferencias surgieron por convicciones de fe. Yeinni Karina era cristiana. Iba todos los domingos a la iglesia junto con sus padres. En la adolescencia había sido bautizada y, en sus oraciones, pedía a Dios que le permitiera servirle. Su mayor anhelo era ser misionera. José Luis no creía en nada, como solía repetir. Era amigo de las fiestas, de beber hasta caer desmadejado sobre una silla, una que otra vez formaba gresca y no respetaba a sus padres. “Son anticuados, no los soporto”, aseguraba, sin ocultar sus sentimientos,
La jovencita conservaba la ilusión: “Voy a ayudarle a cambiar. Lo ganaré para Cristo”. Los hechos demostraron que no era fácil. Terminó ella siendo doblegada por el reino de las tinieblas. Se suicidó. La relación que comenzó como una historia de amor, terminó en tragedia.
Cada día recibimos cartas de muchas personas, en todo el mundo, agobiadas por el infierno en que se convierten sus relaciones de noviazgo o de matrimonio. Cuando ahondamos en el asunto, inevitablemente encontramos que ligaron sus vidas a personas que no eran fieles a Jesucristo.
El apóstol Pablo hizo esta advertencia. Tiene tanta validez hoy como la tuvo en su momento: “No se unan ustedes en un mismo yugo con los que no creen. Porque ¿qué tienen en común la justicia y la injusticia? ¿O cómo puede la luz ser compañera de la oscuridad? No puede haber armonía entre Cristo y Belial, ni entre un creyente y un incrédulo. No puede haber nada en común entre el tiempo de Dios y los ídolos. Porque nosotros somos templo del Dios viviente…” (2 Corintios 6:14-16. Versión Popular).
Es probable que alguien esté robando su corazón. Está enamorado. Desea hacia el futuro formalizar su vida con aquella persona. Permítame preguntarle: ¿Sometió esa relación a Dios? ¿Está comprometiéndose con alguien que profesa iguales convicciones de fe que las suyas? Aunque le parezca intrascendente, se trata de un asunto de suma importancia. Recuerde que, tal como lo recomienda el apóstol Pablo, las consecuencias de unirse en yugo desigual con alguien que no ama a Cristo son desastrosas.
Visto | Adorador.com




