Archive for November, 2011
Video y Letra – Michael W. Smith Mighty To Save Live
Everyone needs compassion
A love that’s never failing
Let mercy fall on me
Everyone needs forgiveness
A kindness of a Savior
The hope of nations
My Savior
He can move the mountains
My God is Mighty to save
He is Mighty to save
Forever
Author of salvation
He rose and conquered the grave
Jesus conquered the grave
So take me as You find me
All my fears and failures
Fill my life again
I give my life to follow
Everything i believe in
Now i surrender
Shine your light and let the whole world see
We’re singing for the glory of the risen King…Jesus
El Plan para triunfar – Charles Stanley
El Plan para triunfar
Escrito por Charles Stanley
David estiró el brazo y tocó las tiras de cuero que le oprimían la muñeca. Las sentía seguras, pero ¿estarían bien apretadas? ¿Responderían en el momento que lanzara la piedra lisa con su honda? Él creía que sí.
Tocó de nuevo, pero esta vez para asegurarse de que tenía la bolsa de cuero en su costado. Allí tenía cuatro piedras más en caso de que fallara con la primera, pero no creía que eso sucedería.
Estaba confiado, simplemente seguro —sin ninguna arrogancia— de que estaba haciendo lo que Dios quería que hiciera. El movimiento enemigo que veía frente a él y el olor a guerra que lo rodeaba, no lo atemorizaban. Observaba el horizonte con osada seguridad mientras aquel hombre gigantesco se le acercaba. No me le acercaré mucho, pensó. Apenas lo suficiente. ¡Entonces se lanzó corriendo resueltamente a la línea de batalla hacia la victoria!
¿Cuántas veces no quiso usted alcanzar una meta, pero se sentía inseguro o temeroso? Quizás el desafío le pareció demasiado grande, o pensó que le faltaban la capacidad, la educación o los medios para lograrlo.
Como joven, David probablemente tuvo que encarar algunas de estas mismas preguntas. Se preguntaría, muy probablemente, qué le depararía la vida. Mientras cuidaba las ovejas de su padre, tuvo tiempo de sobra, no sólo para pensar en esas cosas, sino también para desarrollar una relación con el Señor.
A Dios le tomó años preparar a David para el papel que asumiría un día como rey de Israel. Pero durante ese tiempo, David nunca perdió de vista las prioridades que Dios le había dado. El día en que se enfrentó a Goliat, todos los preceptos que el Señor le había enseñado convergieron para el momento de la gran prueba.
Primero de Samuel 17 presenta este histórico acontecimiento: cuando el joven entró en el campo de batalla para enfrentarse a un veterano guerrero, la ventaja parecía estar a favor del enemigo. Pero no era así. Con un rápido y seguro movimiento, David dio en el blanco y logró su objetivo. Él había sido enseñado a creer que, con la ayuda de Dios, triunfaría —y lo logró.
Fíjese metas aunque el desafío le parezca grande
La nación de Israel había sucumbido al temor. El rey Saúl había montado su tienda a una distancia prudente del campo de batalla, y le inquietaba el no saber cómo podía salir de este horrible apuro. Cuando David se presentó, una refrescante sensación de esperanza recorrió el campamento.
Pero no todo el mundo se alegró de verlo; incluso su hermano se sintió enojado porque había venido (v. 28). La oposición siempre es segura cada vez que usted le dice sí a Dios, especialmente cuando comienza a confiar en que Él hará algo que parece imposible. Sin embargo, la idea del fracaso nunca pasó por la mente de David. Tenía una prioridad, y ésta era la de defender el buen nombre de Dios (vv. 26, 36, 46, 47). Es que fijarnos metas de acuerdo con los parámetros de Dios nos asegura siempre la victoria.
A pesar de que no todas las metas que usted se fije serán de naturaleza espiritual, cada una de ellas debe ser conforme a los principios de la Palabra de Dios. El secreto para alcanzarlas es tener un propósito correcto. Si su única motivación es lograr más para tener una sensación de éxito personal, es posible que Él no le permita alcanzar su objetivo. David sabía que el Señor lo había unido para ser rey de Israel, pero la posición y el estatus no eran su propósito; su motivación era su amor al Señor. A él no le preocupaba no tener una casa grande, ni mucho dinero en el banco, ni los amigos ideales para sentirse importante. Su preocupación era honrar a Dios, y ésta fue la diferencia entre su éxito y el fracaso del rey Saúl.
Muchas veces nos fijamos metas demasiado bajas, o que no están de acuerdo con lo mejor que Dios tiene para nosotros. Se pueden lograr fácilmente, pero son de poca ayuda para aumentar nuestra fe en Él. Por otro lado, fijarse metas poco realistas puede desalentarnos si no las alcanzamos. El deseo de David de derrotar a Goliat era tremendo, pero fue el Señor quien puso ese deseo en su corazón y el que le dio a David las fuerzas para cumplir la tarea.
El plan de Dios en cuanto a la fijación de metas
Las personas se pregunta muchas veces: “¿Me producirán satisfacción los planes que Dios tiene para mí?” Yo les digo: “¡Por supuesto que sí! Los planes de Dios son maravillosos, mucho más de lo que ustedes puedan imaginar, siempre rebosantes de bendiciones y de esperanza” (Ef. 3:20). Si nos conectamos a los sueños que Él tiene para nuestras vidas, no sólo aprenderemos cómo fijarnos prioridades que agraden al Señor; tendremos también una sensación de realización y un regocijo verdaderos. Para la fijación de metas, se deben considerar varias cosas. Son las siguientes:
Una idea clara de lo que usted desea lograr. David sabía lo que él quería: destruir al enemigo. Si usted permite que el temor y los pensamientos de incompetencia invadan su corazón, no logrará sus metas. Pero en el mismo momento que usted comience a creer que Dios le dará la victoria, sentirá un cambio de actitud. La fe en un Dios soberano que le ama incondicionalmente, avivará su esperanza. En vez de sentir que no puede hacer algo, usted comenzará a decir, como el apóstol: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13, cursivas añadidas).
Un deseo ardiente. Las personas que dicen: “Espero poder hacer esto algún día”, pueden olvidarse de lograr sus metas. La pasión y el deseo profundo de agradar y honrar a Dios, son los requisitos fundamentales para lograr cualquier meta, no importa lo enorme que pueda ser ésta.
La confianza. Me sorprende escuchar a algunas personas hablar de sus capacidades, de sus títulos y de su confianza, sin duda, en sí mismas antes que en Cristo. Ahora bien, pensemos en el historial profesional del apóstol Pablo, que era todo un informe de su calidad teológica. Era el maestro “perfecto” por su formación, su labor y su actitud. Sin embargo, él escribe: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él” (Fil. 3:8, 9).
Una línea de acción. Independientemente de que su meta sea espiritual (como el tener más intimidad con Dios) o personal (como ahorrar para unas vacaciones), pídale al Señor que le ayude a desarrollar un plan. En cualquier caso, hay que poner por escrito los objetivos y encomendarlos a Él. Pero la rendición es esencial; si usted no le da a Cristo cada una de las áreas de su vida, nunca experimentará el verdadero éxito que Dios quiere que usted tenga.
Un diario. Las metas tienen que ser definibles y medibles. Llevar un diario de sus avances y marcar los acontecimientos importantes le ayudarán a mantenerse enfocado en el objetivo, vigorizado y dirigiéndose en la dirección correcta. Lo más probable es que si usted no tiene una fecha límite para ver realizada su meta, nunca lo logrará.
Perseverancia. Lo peor que usted puede hacer es comenzar algo y nunca terminarlo. Si se rinde, el recuerdo del fracaso le quedará grabado en la mente. Por tanto, sea perseverante. Fije sus ojos en la meta, y no se desvíe hacia ningún lado. Recuerde que el desánimo es una de las herramientas favoritas de Satanás, y que él incluso tentará a otros creyentes para que lancen dudas sobre lo que Dios le ha pedido a usted que haga.
Control de las emociones. El enojo, el temor, la inseguridad, la desilusión y muchas otras emociones pueden impedir que logremos nuestro objetivo. El corazón de David estaba puesto en la victoria y en la honra de Dios, y por eso no titubeó. Si bien Goliat se burló de él, su trampa no le funcionó.
Valentía para actuar. David le dijo a Saúl: “No desmaye el corazón de ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo” (1 S. 17:32). Si usted deja que el temor se apodere de su corazón, nunca tendrá la valentía que necesitará para acabar la tarea. Es bíblico tomarse el tiempo para evaluar el costo de alcanzar la meta (Lc. 14:28-32), pero cuando lo haga, que su evaluación sea de acuerdo con los deseos, las normas y el deseo del Señor para su vida, no conforme a su limitado entendimiento. Dios ve todo el panorama. Sabe lo que habrá más adelante, y reconoce cuán importante es que usted desarrolle confianza en Él.
Una dependencia consciente de Dios. Muchas veces, las grandes victorias están constituidas por pequeños logros. David le dijo a Goliat: “Jehová te entregará hoy en mi mano”. No dijo: “Por mis grandes capacidades voy a alcanzar este objetivo, ganar esta batalla y vencer a este enemigo”. El corazón de David estaba dispuesto a exaltar y honrar a Dios con su vida. Cuando ésa sea la motivación de sus acciones, usted no sólo alcanzará sus metas personales, sino que también podrá lograr cosas para Dios.
Predica Pastor Cash Luna – Lo mío es tuyo
La parábola del buen samaritano nos habla sobre tres actitudes que podemos asumir, aunque solamente una es correcta. La primera actitud es la del ladrón quien toma lo que no le pertenece, asumiendo una postura de “lo tuyo debe ser mío”. Muchos actúan así codiciando lo que otros tienen. Esa es una actitud de envidia, robo y despojo que hiere a otros y corrompe tu corazón. Esa actitud no solamente se ve en un ladrón, sino en cualquier ámbito, como en los negocios donde algunos compiten de forma desleal por quedarse con los clientes de otras empresas, difamando al competidor. De esa manera, no se está agrediendo físicamente a nadie, pero se comete pecado al buscar quedarse con lo que otros tienen sin importar los medios para lograrlo.
La segunda actitud es la del sacerdote y el levita quienes pasan de largo indiferentes, asumiendo la postura de “lo mío es mío”1. Esta es una actitud egoísta que si bien no arrebata lo de otros, es terrible porque no comparte ni mueve a misericordia. Es una actitud de “si yo estoy bien, no importa cómo estén los demás”, “si yo no provoqué el problema, no tengo obligación de solucionarlo”. Actuar así también es incorrecto porque revela una insensibilidad e indiferencia que no es propia de los hijos de Dios. Es muy fácil criticar y preguntarse qué harán otros por mejorar la situación, pero lo importante es involucrarse y preguntar qué podemos hacer para contribuir con el cambio positivo. Deja a un lado el egoísmo y asume el compromiso con el bien de quienes te rodean porque no vivimos aislados, al contrario, todos somos responsables del bienestar de los demás.
Es cierto que nosotros no provocamos una tormenta, no somos culpables de que se le caiga la casa al vecino, pero tenemos la obligación humana y moral de ayudar a quien lo necesita. Aunque no seamos responsables de una desgracia, podemos ser responsables de la solución, porque delante de Dios sí somos responsables de lo que hacemos o dejemos de hacer. Olvida la actitud de “lo mío es mío”, no esperes recibir sino dar lo que puedas.
La tercera actitud es la del samaritano quien al ver al hombre mal herido, se apiadó de él y lo ayudó, asumiendo una postura de “lo mío es tuyo”. Al leer la Escritura descubrimos que el samaritano fue movido a misericordia, es decir que el movimiento y la acción son importantes. La pasividad no resuelve nada. Es necesario que nos movamos para provocar cambios. Especialmente debemos movernos por amor, por el deseo de hacer bien a otros. Tendremos paz cuando el poder del amor venza al amor por el poder. Iniciemos en nuestros hogares para que se contagie a nuestro país. Involúcrate, acércate al necesitado, haz un poco de tiempo para lo importante: mover tu corazón y ayudar a tu prójimo.
Además, vemos que este hombre generoso llevó al herido a un mesón y lo dejó encargado con el mesonero, diciéndole que le pagaría lo que gastara en su ausencia2. Esto nos revela que para amar es necesario gastar, dar de lo que tenemos porque hacerlo es la mejor expresión del amor. Esfuérzate pensando en bendecir a los demás, no solamente en satisfacer tus necesidades. No des aquello que te sobra, sino lo que tienes porque ese sacrificio es el que realmente expresa tu compromiso. Imitemos a nuestro Padre Celestial quien por amor dio a Su único Hijo para salvarnos. Él no dijo: “Daré uno de todos los hijos que tengo”, sino que dio al Único que tenía para el perdón de nuestros pecados. ¡Esa fue la expresión de buena voluntad más extraordinaria de la historia!
No hay que dar cuando nos “nazca o lo sintamos”, sino cuando sea necesario. Nadie va a trabajar solo cuando “tiene deseos” y ningún jefe paga a sus trabajadores únicamente cuando “se inspira”. Hay cuestiones que se hacen porque es un deber y obligación, no porque sea un impulso de nuestro corazón. El mundo no se mueve por sentimientos sino por responsabilidades. Debes ayudar a tu prójimo y expresarle tu amor aunque no te “nazca”. Ese es tu compromiso como cristiano e hijo de Dios.
La Palabra nos ofrece consejos para convivir: decir la verdad, no guardar rencor, no ser egoístas o envidiosos y sobre todo, compartir el fruto de nuestro trabajo3. Si obedeciéramos estos preceptos, viviríamos mejor. Pídele al Padre que cambie los motivos de tu corazón y te haga una persona generosa con la actitud “lo mío es tuyo” del samaritano. Extiende tu mano para ayudar a quien lo necesita. Si quieres ser la luz del mundo actúa como tal, si quieres ser la sal de la tierra, sazona tu país con amor. Acércate al Señor y dile: “Gracias por la oportunidad de servir a los demás, me moveré por misericordia y bendeciré a mi prójimo”.
1Lucas 10:30-34 relata: Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.
2 Lucas 10: 33-35 continúa con el relato sobre el hombre a quien dejaron tirado en el camino: Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.
3 Efesios 4: 22-28 nos recuerda: En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.
Fuente | Cashluna.org




