Charles Stanley
El Plan para triunfar – Charles Stanley
El Plan para triunfar
Escrito por Charles Stanley
David estiró el brazo y tocó las tiras de cuero que le oprimían la muñeca. Las sentía seguras, pero ¿estarían bien apretadas? ¿Responderían en el momento que lanzara la piedra lisa con su honda? Él creía que sí.
Tocó de nuevo, pero esta vez para asegurarse de que tenía la bolsa de cuero en su costado. Allí tenía cuatro piedras más en caso de que fallara con la primera, pero no creía que eso sucedería.
Estaba confiado, simplemente seguro —sin ninguna arrogancia— de que estaba haciendo lo que Dios quería que hiciera. El movimiento enemigo que veía frente a él y el olor a guerra que lo rodeaba, no lo atemorizaban. Observaba el horizonte con osada seguridad mientras aquel hombre gigantesco se le acercaba. No me le acercaré mucho, pensó. Apenas lo suficiente. ¡Entonces se lanzó corriendo resueltamente a la línea de batalla hacia la victoria!
¿Cuántas veces no quiso usted alcanzar una meta, pero se sentía inseguro o temeroso? Quizás el desafío le pareció demasiado grande, o pensó que le faltaban la capacidad, la educación o los medios para lograrlo.
Como joven, David probablemente tuvo que encarar algunas de estas mismas preguntas. Se preguntaría, muy probablemente, qué le depararía la vida. Mientras cuidaba las ovejas de su padre, tuvo tiempo de sobra, no sólo para pensar en esas cosas, sino también para desarrollar una relación con el Señor.
A Dios le tomó años preparar a David para el papel que asumiría un día como rey de Israel. Pero durante ese tiempo, David nunca perdió de vista las prioridades que Dios le había dado. El día en que se enfrentó a Goliat, todos los preceptos que el Señor le había enseñado convergieron para el momento de la gran prueba.
Primero de Samuel 17 presenta este histórico acontecimiento: cuando el joven entró en el campo de batalla para enfrentarse a un veterano guerrero, la ventaja parecía estar a favor del enemigo. Pero no era así. Con un rápido y seguro movimiento, David dio en el blanco y logró su objetivo. Él había sido enseñado a creer que, con la ayuda de Dios, triunfaría —y lo logró.
Fíjese metas aunque el desafío le parezca grande
La nación de Israel había sucumbido al temor. El rey Saúl había montado su tienda a una distancia prudente del campo de batalla, y le inquietaba el no saber cómo podía salir de este horrible apuro. Cuando David se presentó, una refrescante sensación de esperanza recorrió el campamento.
Pero no todo el mundo se alegró de verlo; incluso su hermano se sintió enojado porque había venido (v. 28). La oposición siempre es segura cada vez que usted le dice sí a Dios, especialmente cuando comienza a confiar en que Él hará algo que parece imposible. Sin embargo, la idea del fracaso nunca pasó por la mente de David. Tenía una prioridad, y ésta era la de defender el buen nombre de Dios (vv. 26, 36, 46, 47). Es que fijarnos metas de acuerdo con los parámetros de Dios nos asegura siempre la victoria.
A pesar de que no todas las metas que usted se fije serán de naturaleza espiritual, cada una de ellas debe ser conforme a los principios de la Palabra de Dios. El secreto para alcanzarlas es tener un propósito correcto. Si su única motivación es lograr más para tener una sensación de éxito personal, es posible que Él no le permita alcanzar su objetivo. David sabía que el Señor lo había unido para ser rey de Israel, pero la posición y el estatus no eran su propósito; su motivación era su amor al Señor. A él no le preocupaba no tener una casa grande, ni mucho dinero en el banco, ni los amigos ideales para sentirse importante. Su preocupación era honrar a Dios, y ésta fue la diferencia entre su éxito y el fracaso del rey Saúl.
Muchas veces nos fijamos metas demasiado bajas, o que no están de acuerdo con lo mejor que Dios tiene para nosotros. Se pueden lograr fácilmente, pero son de poca ayuda para aumentar nuestra fe en Él. Por otro lado, fijarse metas poco realistas puede desalentarnos si no las alcanzamos. El deseo de David de derrotar a Goliat era tremendo, pero fue el Señor quien puso ese deseo en su corazón y el que le dio a David las fuerzas para cumplir la tarea.
El plan de Dios en cuanto a la fijación de metas
Las personas se pregunta muchas veces: “¿Me producirán satisfacción los planes que Dios tiene para mí?” Yo les digo: “¡Por supuesto que sí! Los planes de Dios son maravillosos, mucho más de lo que ustedes puedan imaginar, siempre rebosantes de bendiciones y de esperanza” (Ef. 3:20). Si nos conectamos a los sueños que Él tiene para nuestras vidas, no sólo aprenderemos cómo fijarnos prioridades que agraden al Señor; tendremos también una sensación de realización y un regocijo verdaderos. Para la fijación de metas, se deben considerar varias cosas. Son las siguientes:
Una idea clara de lo que usted desea lograr. David sabía lo que él quería: destruir al enemigo. Si usted permite que el temor y los pensamientos de incompetencia invadan su corazón, no logrará sus metas. Pero en el mismo momento que usted comience a creer que Dios le dará la victoria, sentirá un cambio de actitud. La fe en un Dios soberano que le ama incondicionalmente, avivará su esperanza. En vez de sentir que no puede hacer algo, usted comenzará a decir, como el apóstol: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13, cursivas añadidas).
Un deseo ardiente. Las personas que dicen: “Espero poder hacer esto algún día”, pueden olvidarse de lograr sus metas. La pasión y el deseo profundo de agradar y honrar a Dios, son los requisitos fundamentales para lograr cualquier meta, no importa lo enorme que pueda ser ésta.
La confianza. Me sorprende escuchar a algunas personas hablar de sus capacidades, de sus títulos y de su confianza, sin duda, en sí mismas antes que en Cristo. Ahora bien, pensemos en el historial profesional del apóstol Pablo, que era todo un informe de su calidad teológica. Era el maestro “perfecto” por su formación, su labor y su actitud. Sin embargo, él escribe: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él” (Fil. 3:8, 9).
Una línea de acción. Independientemente de que su meta sea espiritual (como el tener más intimidad con Dios) o personal (como ahorrar para unas vacaciones), pídale al Señor que le ayude a desarrollar un plan. En cualquier caso, hay que poner por escrito los objetivos y encomendarlos a Él. Pero la rendición es esencial; si usted no le da a Cristo cada una de las áreas de su vida, nunca experimentará el verdadero éxito que Dios quiere que usted tenga.
Un diario. Las metas tienen que ser definibles y medibles. Llevar un diario de sus avances y marcar los acontecimientos importantes le ayudarán a mantenerse enfocado en el objetivo, vigorizado y dirigiéndose en la dirección correcta. Lo más probable es que si usted no tiene una fecha límite para ver realizada su meta, nunca lo logrará.
Perseverancia. Lo peor que usted puede hacer es comenzar algo y nunca terminarlo. Si se rinde, el recuerdo del fracaso le quedará grabado en la mente. Por tanto, sea perseverante. Fije sus ojos en la meta, y no se desvíe hacia ningún lado. Recuerde que el desánimo es una de las herramientas favoritas de Satanás, y que él incluso tentará a otros creyentes para que lancen dudas sobre lo que Dios le ha pedido a usted que haga.
Control de las emociones. El enojo, el temor, la inseguridad, la desilusión y muchas otras emociones pueden impedir que logremos nuestro objetivo. El corazón de David estaba puesto en la victoria y en la honra de Dios, y por eso no titubeó. Si bien Goliat se burló de él, su trampa no le funcionó.
Valentía para actuar. David le dijo a Saúl: “No desmaye el corazón de ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo” (1 S. 17:32). Si usted deja que el temor se apodere de su corazón, nunca tendrá la valentía que necesitará para acabar la tarea. Es bíblico tomarse el tiempo para evaluar el costo de alcanzar la meta (Lc. 14:28-32), pero cuando lo haga, que su evaluación sea de acuerdo con los deseos, las normas y el deseo del Señor para su vida, no conforme a su limitado entendimiento. Dios ve todo el panorama. Sabe lo que habrá más adelante, y reconoce cuán importante es que usted desarrolle confianza en Él.
Una dependencia consciente de Dios. Muchas veces, las grandes victorias están constituidas por pequeños logros. David le dijo a Goliat: “Jehová te entregará hoy en mi mano”. No dijo: “Por mis grandes capacidades voy a alcanzar este objetivo, ganar esta batalla y vencer a este enemigo”. El corazón de David estaba dispuesto a exaltar y honrar a Dios con su vida. Cuando ésa sea la motivación de sus acciones, usted no sólo alcanzará sus metas personales, sino que también podrá lograr cosas para Dios.
Cómo utilizar la Biblia para acercarnos más a Dios
Escrito por Charles Stanley
Vivimos en una era digital impulsada por nuevos mecanismos electrónicos. La tecnología cambia tan rápidamente que mantenerse al día con los últimos acontecimientos puede ser abrumador. Antes de que hayamos aprendido cómo funciona una cosa, otra toma su lugar. En realidad, aprender cómo utilizar todos los equipos técnicos más recientes puede hacernos sentir intimidados y confundidos.
Así es como muchas personas —incluso cristianos— se sienten en cuanto a la Biblia. Tienen una, pero no saben cómo utilizarla o interpretarla, dónde comenzar a leerla, o qué efecto tendrá sobre sus problemas, si es que tiene alguno. El resultado es que estas personas simplemente no se molestan en leer las Sagradas Escrituras. Les parece que no vale la pena.
La verdad es que el valor de algo depende de la manera como usted y yo lo utilicemos, y muchas personas simplemente no se dan cuenta del tesoro innegable que Dios nos ha dado en su Palabra. Considere esto: Si yo le diera una caja vieja de zapatos, se preguntaría: ¿Qué voy a hacer con esto? Pero si hubiera en ésta cincuenta mil dólares, apreciaría mucho la caja y utilizaría hasta el último dólar.
De igual forma, no hay nada que tengamos que sea de más valor que la Biblia. Las personas que desatienden las Sagradas Escrituras sufren como resultado; enfrentan las angustias de la vida sin darse cuenta de la riqueza que tienen al alcance de la mano. Pero quienes abrazan la Palabra de Dios descubren beneficios que el dinero jamás podría comprar.
Cómo usar bien la Biblia
¿Hay algo que le está impidiendo recibir la bendición de la Palabra de Dios? Algunas personas me dicen que no leen la Biblia porque es demasiado difícil de entender. Por eso, quiero darle algunas ideas sencillas y prácticas que le ayudarán a utilizarla y a entender lo que dice.
Leer. El primer paso es abrir la Biblia y comenzar a leerla todos los días, aunque sea en pequeñas porciones (Pr 8.33-35). Le sugiero que lo primero que haga al despertarse sea meditar en la Palabra de Dios. Aunque esto no siempre es posible; debe escoger un momento en el que puede concentrar toda su atención en la lectura, sin interrupciones. La Biblia no es solo para las emergencias. Es verdad, podemos encontrar ayuda en tiempos de dificultad, pero Dios quiere revelarse a nosotros cada día. Además de la oración y la adoración, la lectura de la Palabra es una de las principales maneras de llegar a conocerle.
Quienes leen la Biblia solo en tiempos de crisis, pierden el gozo de relacionarse con el Padre celestial y cultivar una comunión constante con Él.
Comience con uno de los Evangelios, como Juan, o una epístola, como Filipenses. Si lee solo un capítulo cada día, en una semana o en un mes habrá cubierto todo un libro. Puede tratar de leer un capítulo de Proverbios cada día durante un mes, o los Salmos, si está pasando por un momento difícil. Al abrir su corazón a Dios, su Espíritu Santo le guiará en las lecturas que haga. Lo único que se necesita es que usted comience.
La lectura de la Biblia debe ser un asunto de calidad, no de cantidad. En otras palabras, debe interesarse más por la manera como la Sagrada Escritura está transformando su vida, que en el número de páginas que haya leído. Al escudriñar la Biblia, ¿está usted guardando la verdad del Señor en su corazón, o simplemente cumpliendo con la tarea de leer? El objetivo es la transformación del carácter y una relación cada vez más estrecha con el Salvador. Si no está experimentando una mayor semejanza a Cristo y teniendo más intimidad con Dios, necesita ir más despacio y prestar mayor atención. A veces, leer menos le permitirá, en realidad, que la Palabra de Dios empape su alma.
Meditar. La meditación es una conversación con el Señor sobre el pasaje que usted está leyendo. Si le resulta difícil entender una parte, la meditación es el método que hará que la Biblia cobre vida para usted. Pero esto no puede hacerse de prisa. Es una disciplina que requiere silencio, quietud y concentración. Involucra enfocarse en un versículo o pasaje a la vez, procurando hallar la verdad del texto hasta que penetre profundamente en su ser. Pídale a Dios que le revele palabra por palabra y frase por frase, tanto el significado como la aplicación a su vida.
El proceso es lento y reflexivo, pero a medida que siga adelante, la Biblia cobrará vida y significado. Recuerde que su objetivo es tener una comprensión más profunda de Dios y de usted mismo. Pídale a Él que le muestre su voluntad, escudriñe su corazón, y le revele los cambios que necesita hacer. Si no entiende un versículo, pídale al Señor que le guíe en su búsqueda de respuesta.
Por medio del proceso de la contemplación, la exploración y la oración, el poder transformador del Señor se liberará en su vida, y le permitirá hacer frente a cualquier situación o dificultad que se le presente. Por tanto, empiece a reflexionar en la Palabra de Dios hoy mismo poniendo en práctica el ejercicio de meditación que está al final de este artículo.
Estudiar. A menudo leemos la Biblia solo cuando estamos ansiosos de encontrar un versículo que nos ayude en un momento de necesidad. Pero ¿con qué frecuencia buscamos realmente al Señor, examinando la Palabra para entender sus caminos? ¿Nos interesamos lo suficiente en Él para conocer su carácter y saber quién es, en realidad? Uno de los mayores beneficios de invertir tiempo en el estudio detenido de la Biblia, es un amor cada vez mayor por nuestro Salvador. Cuanto más aprendemos acerca de Él, más le amamos, y eso aumenta nuestro deseo de seguir meditando en su Palabra y estudiarla.
No deje que la palabra estudiar le asuste; esto no tiene que ser un proceso abstracto y académico. Piense en ello como una forma de meditación más profunda. Cualquier creyente que enfrente un desafío o una dificultad, se beneficiaría enormemente con la búsqueda de una comprensión más profunda de su situación mediante la Biblia (Is 55.9-11). Por ejemplo, si usted ha sido herido profundamente y tiene problemas para deshacerse de su resentimiento, averigüe lo que Dios dice acerca del perdón.
Usar recursos básicos de estudio de la Biblia, enriquecerá su tiempo con la Palabra de Dios. Si tiene conocimientos de computación, puede consultar algunos sitios en la Internet. Si prefiere libros, adquiera un diccionario bíblico y una concordancia (listado alfabético de palabras de la Biblia). Solo asegúrese de que la concordancia sea de la misma versión de su Biblia. Si necesita más ayuda para comprender pasajes difíciles, trate de usar comentarios bíblicos.
Es posible que esté pensando que todo esto suena un poco difícil, ¡pero le aseguro que no lo es! Las verdades descubiertas en su tiempo de estudio son más fáciles de fijar que las proporcionadas por maestros o pastores. No tenga temor; láncese al estudio de la Biblia para descubrir las riquezas infinitas de la Palabra de Dios.
Aplicar. Si desea convertirse en un cristiano maduro espiritualmente, es fundamental que ponga en práctica lo que aprenda. Cuando dedicamos tiempo para leer la Biblia, el Señor revela lo que Él quiere que hagamos, ya sea mediante órdenes directas, o por principios o ejemplos. Pero si no hacemos caso a su dirección o nos negamos a obedecer, nos atascaremos y dejaremos de crecer. No siempre es fácil hacer lo que nos indica la Palabra de Dios. Cuando el Señor nos dice que dejemos nuestra agradable rutina, o que hagamos algo que no queremos hacer, podemos tener la tentación de dar marcha atrás. Pero en esos momentos, recuerde obedecer a Dios y dejar las consecuencias a Él. El Padre celestial utiliza y bendice a quienes dicen no al yo, y sí a Él (Pr 3.5, 6).
Darle prioridad a la Biblia
El Señor tiene mucho para darnos si hacemos de la lectura de la Biblia la prioridad en nuestras vidas. Él quiere que anhelemos “la leche espiritual no adulterada” de la Palabra, para que podamos convertirnos en creyentes maduros (1 P 2.1, 2).
Si usted empieza a “saborear” seriamente la Palabra de Dios, comenzará a desarrollar el deseo de adentrarse en su conocimiento. En vez de sentir la obligación de leerla, anhelaremos dedicar tiempo para escuchar al Salvador y crecer en nuestra comprensión de su carácter y de sus caminos. Nos convertiremos en depósitos de tesoros andantes, llenos de una riqueza que nadie podrá robarnos, ni siquiera la muerte (Mt 6.19-21).
EJERCICIO DE MEDITACIÓN EN LA PALABRA
Lea Salmo 1.1-3, e inicie una conversación con el Señor con las siguientes preguntas:
VERSÍCULO 1
Señor, ¿tomo el consejo de aquellos cuyos caminos son contrarios a ti?
¿Estoy perdiendo algunas de tus bendiciones por los amigos que he elegido?
VERSÍCULO 2
Señor, ¿cuál es mi principal fuente de deleite?
¿Qué quieres decir con “medita de día y de noche”? ¿Cómo puedo hacer eso?
VERSÍCULO 3
¿Cómo puedo llegar a ser como un árbol fructífero? ¿Qué clase de fruto quieres que produzca?
¿Qué significa prosperar? ¿Qué bendiciones aguardan a quienes te honran?
La Verdad Sobre el Fracaso
Por Charles F. Stanley
Cómo enfrentar uno de los retos más difíciles de la vida. La mayoría de nosotros sabemos lo que se siente al fallar o fracasar de alguna manera.
Nuestro fracaso puede ser o no el resultado del pecado. Muchas veces fracasamos en lograr nuestros objetivos, a pesar de haber hecho todo lo posible por lograrlos. Cuando éste es el caso, la decepción es dolorosa, pero eso no significa que somos unos fracasados.
Significa que, por alguna razón, no fuimos capaces de completar la tarea o de terminar el camino que esperábamos recorrer. Pero el fracaso no siempre es malo, ya que puede revelarnos muchas cosas sobre nosotros mismos, tales como qué somos y en qué áreas necesitamos crecer. También nos enseña a confiar en Dios y acudir a Él primero, antes de que iniciemos algo y tomemos decisiones que después lamentaremos.
Un costoso error de juicio
La atmósfera de Josué 7 da mucho que pensar, especialmente a la luz de la victoria que Israel acababa de experimentar en el capítulo anterior. Después de una batalla, cuando es normal relajarse un poco, es cuando el pecado puede entrar fácilmente en nuestras vidas. Esto fue exactamente lo que pasó. Israel no había previsto una derrota. Se suponía que iba a ser fácil ganar la batalla. Pero Acán había tomado parte del botín de la ciudad conquistada de Jericó, y lo ocultó en su tienda.
De repente, una sensación de caos y de derrota se sintió en todo el pueblo, y Dios ardía de ira. Acán estaba consciente de lo que había hecho. No le habían informado mal; había entendido la orden, pero prefirió hacer caso omiso de ella. Habrá ocasiones en las que pecaremos al desobedecer la voluntad de Dios. Hay otros casos, como en éste, cuando de manera intencional tomamos la decisión de desobedecerle. Acán fue responsable de la muerte de su familia y de muchos guerreros israelitas por unas pocas baratijas de oro y plata.
Sin advertencia alguna, el ejército de Hai venció a Israel, y Josué no estaba preparado para esa derrota. En vez de eso, esperaba obtener su victoria número dos. Mas no fue así. “Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación… porque Acán tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel” (Jos. 7:1).
Este capítulo detalla una historia de engaño, de fracaso y de las costosas consecuencias del pecado. Los versículos 4 y 5 son una crónica de temor. Cuentan lo que sucedió cuando el ejército de Israel se alistó para pelear contra los hombres de aquella nación pagana: “Y subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai. Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua”.
Hay un camino que lleva al pecado, y Acán lo tomó. Reconoció delante de Josué y de los líderes del pueblo: “Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho. Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro… lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello” (vv. 20, 21). Observe lo que dijo: “Lo codicié y lo tomé”. Nunca consideró las consecuencias. Acán actuó como muchos de nosotros cuando no nos detenemos para pedirle a Dios que nos ayude a evitar el fracaso y la tentación.
Trampas que nos impiden obtener lo mejor de Dios
Usted no tiene que seguir por el camino que le llevará al fracaso. Puede reconocer las señales de la derrota y aprender a cambiar la forma de enfrentar cada situación.
En primer lugar, reconozca que es vulnerable al ataque del enemigo. La tentación es un importante factor que no conviene desestimar. Acán quitó sus ojos del Señor, y lo mismo hizo Josué. La derrota en Hai podría haberse evitado. Pedro nos recuerda que debemos estar alertas, porque “el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P. 5:8). En algún momento, todos cometeremos errores, pero muchos se pueden evitar obedeciendo a Dios antes que a los deseos de la carne.
En segundo lugar, Josué no buscó la guía del Padre celestial antes de ir a la batalla en contra de aquel pequeño ejército. Esto hizo vulnerable a Israel al ataque espiritual. La responsabilidad de Josué era honrar a Dios en todo momento, especialmente cuando fuera necesario actuar de manera inteligente. En Jericó, él buscó el favor de Dios, sin embargo en Hai, no lo creyó necesario. Pero estaba completamente equivocado.
Las victorias pasadas no garantizan éxitos futuros. Usted necesita siempre al Señor. Esto es especialmente cierto cuando se encuentre cansado y haya tenido una gran victoria. Es en este punto que a Satanás le encanta halagar su ego diciéndole lo valioso y talentoso que es usted. Si le cree sus mentiras, irá directamente a la derrota.
En tercer lugar, en vez de humillarse delante el Señor y pedirle su dirección, Josué tomó la decisión de enviar a sus hombres a la batalla. No consideró necesario orar. Razonó que, dado que Israel había tomado Jericó tan fácilmente, podían permitirse el dejar que la mayor parte de sus grandes guerreros no participaran. Pero Dios nos manda a buscar su rostro, antes de abordar cualquier tarea. Él es quien nos da el poder para vencer.
El Señor quería que los corazones de Su pueblo se mantuvieran puros y dedicados sólo a Él. Sabía que el mezclarse con el enemigo sería su caída, y eso fue lo que sucedió. El pueblo comenzó a mezclarse en matrimonio con los idólatras y a adorar a dioses de culturas paganas, y Dios le dio la espalda. Es fácil dejarse seducir por los elogios del mundo —por los reconocimientos, por el dinero y por las palmaditas en la espalda. Pero ninguna de estas cosas da una paz o un gozo duraderos. Eso sólo se logra a través de una relación personal con Jesucristo.
En cuarto lugar, Josué siguió el consejo de otros en vez de ir al Señor en oración. Siempre abundan los consejos. Basta que uno haga una simple pregunta, y tendrá muchas respuestas. Pero el Señor quiere que le busquemos y le obedezcamos solamente a Él.
Las opiniones de los demás pueden ser interesantes, pero antes de actuar asegúrese de que lo que le digan esté de acuerdo con la Biblia. Compruebe lo que ha oído, porque lo que Dios desea nunca contradice Sus principios.
Los pasos correctos para la restauración
¿Qué debe hacer usted cuando ha pecado o fracasado? En primer lugar, reconozca que ha cometido un error, no importa lo grande o pequeño que sea. En este punto, acudir a Dios es esencial. “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” fueron las palabras que el hijo pródigo le dijo a su padre (Lucas 15:21). Eran palabras de arrepentimiento, y reflejaban humildemente su sincero pesar.
Una vez que Josué se dio cuenta de que el pecado había entrado en el campamento de Israel, cayó sobre su rostro delante de Dios. Pero no era el momento para preguntarse por qué las cosas habían salido mal. Israel había pecado, y Dios le ordenó al líder nacional que se ocupara del asunto. Por tanto, Acán y toda su familia fueron muertos apedreados.
Cuando tomamos decisiones equivocadas, Dios tiene que erradicar el pecado de nuestras vidas, y esto puede ser doloroso. Josué aprendió una lección difícil, pero sería una lección que no repetiría. No quería perder ni un solo hombre en Hai, pero terminó perdiendo treinta y seis hombres y una familia entera.
Fijarse la meta de pasar por lo menos 15 minutos a solas con el Señor pone en la dirección correcta al timón de nuestras vidas. Tenemos 15 minutos en el día para darlos a Dios en oración. No hay excusa para desentenderse de Él. Las bendiciones que vienen de estar con el Señor en oración son de tal magnitud, que no se pueden calcular a escala humana. Y el dolor que resulta de pasar por alto esto es inmenso.
Piense en el discernimiento que habría tenido Josué de haber estado hablando con Dios antes de salir a enfrentar el ejército de Hai.
Cuando tenga un fracaso, mantenga la perspectiva correcta. Usted le pertenece al Dios del universo. Él ha puesto su sello de propiedad sobre su vida. Esto significa que usted le pertenece, y también que ha sido perdonado. Si bien hay consecuencias por el pecado, Él le ha dado una promesa eterna de perdón y restauración. Si usted acude sinceramente a Él, el Señor no le rechazará.
Recuerde que hay esperanza. El hijo pródigo regresó a su hogar pensando que iba a terminar trabajando como un jornalero (Lc. 15:17-19). Imagine su asombro cuando su padre se apresuró a darle la bienvenida, poner sobre sus hombros la mejor túnica que tenía y darle un anillo como símbolo de su amor eterno.
Esta parábola refleja el increíble y maravilloso amor que el Padre celestial le tiene a usted. Si tropieza, Él le levantará. Si huye, Él aguardará su regreso. Y cuando le pida que le enseñe cómo dejar atrás sus fracasos, Él le dará nuevas oportunidades para triunfar.
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Cómo enfrentar nuestros temores
Charles Stanley
Cada uno de nosotros hemos sentido temor alguna vez en la vida. En mi caso hubo un momento en el cual me di cuenta que estaba luchando con el temor y me propuse descubrir su origen.
Yo sabía que si no lo hacía mi ministerio sufriría grandemente debido a ello. Al orar y pedir a Dios que me revelara la causa de mi temor, volví a vivir los recuerdos de mi niñez.
Los primeros años de mi vida fueron turbulentos. Mi padre murió cuando yo tenía dos años y mi madre se vio obligada a tener dos trabajos para que ambos tuviéramos techo y comida. El primer recuerdo que tengo de mi niñez es del temor que me invadía al dudar de que pudiéramos lograr tener lo necesario para subsistir. Crecí teniendo que prepararme tanto el desayuno como el almuerzo para ir a la escuela.
La meta de mi madre no fue infundirme temor; acaso ella me enseñó más sobre la fe que cualquier otra persona. Lo que provocó la inestabilidad y el temor fue consecuencia natural de las circunstancias en las que nos encontrábamos. Por las noches mi madre y yo orábamos juntos. Ella me enseñó que aunque los tiempos eran difíciles, Dios estaba con nosotros listo para suplir todo lo que necesitábamos. Ella confiaba en el Señor y nunca nos quedamos sin comer. Quizá hubo tiempos de escasez cuando nuestro refrigerador estuvo casi vacío, pero siempre tuvimos todo lo necesario.
Ninguno de nosotros puede darse el lujo de permitirle la entrada al enemigo en nuestras vidas. Todo lo que Satanás necesita para hostigarnos es una oportunidad. La oración y la Palabra de Dios son las armas más efectivas que tenemos contra el temor. Cuando reconocemos ante el Señor que somos presa del temor y le imploramos su protección y dirección, asumimos una postura de fe.
El temor es, en sí, una decisión. Me sorprende ver cuántas personas me dicen que tienen temor de haber cometido el pecado imperdonable. Pese a que la sangre de Jesucristo los limpia de todo pecado, siguen rodeados de una incredulidad persistente.
Por lo general se reduce a que se sienten culpables de algún pecado, ya sea pasado o presente. Es entonces cuando les recuerdo 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Dios nos perdona cuando nos acercamos a Él en oración humilde buscando su perdón.
Si una persona insiste en seguir creyendo en un concepto falso del temor, lo más probable es que su vida esté saturada de temor. Jamás habrá un momento cuando tengamos que preocuparnos de que Dios nos perdone o no. Todo pecado –todo lo que jamás hayamos cometido– ha sido perdonado por su gracia mediante la obediencia de su Hijo en el Calvario. El Señor Jesús murió a fin de que nosotros podamos tener vida eterna. El nos ha dado libertad y no hay necesidad de vivir en pecado o temor.
En el libro “La sensación de ser alguien”, el autor Mauricio Wagner escribe: “El temor paraliza la mente haciéndonos incapaces de pensar con claridad. El temor de gran magnitud desorganiza la mente temporalmente al grado de que la confusión llega a imperar. El temor tiene también la tendencia de multiplicarse; cuando tenemos temor quedamos inutilizados al grado de que llegamos a temer de nuestros temores. No podemos hacer frente a los problemas cuando tenemos temor de ellos. . .
“Se necesita fe para doblegar el problema del temor. Es imposible vencer el temor sintiéndonos culpables de esa emoción. En ninguna parte de la Biblia encontramos que Dios condene a una persona por tener temor; en cambio, Él constantemente alienta a los que temen con declaraciones como: No temas, porque yo estoy contigo (Isaías 41:10). Cuando tenemos temor nos sentimos solos con nuestros problemas y estamos abrumados por ellos. La fe acepta el hecho de que el problema es demasiado grande para nosotros y también el hecho de que no estamos solos con él; tenemos a Dios con nosotros”.
En Lucas 4:18 el Señor Jesús dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos”. Una de las funciones de Cristo como Mesías es traer libertad de la opresión. Cualquier cosa que nos mantenga cautivos debe soltarnos de sus garras cuando le ordenamos que lo haga en el nombre de Jesucristo.
El pecado, o cualquier esclavitud emocional, no puede gobernar nuestra vida. El único poder que el pecado tiene sobre ella es el que nosotros le concedamos; o sea, que se trata de lo que nosotros decidamos hacer. Podemos tomar la decisión de pecar y rechazar el plan de Dios para nuestra vida o podemos elegir seguir a Cristo en obediencia. No hemos sido destinados para ser pecadores ni hemos nacido a una vida de temor.
La duda contribuye poderosamente al temor. Cuando dudamos de la habilidad de Dios para mantenernos y suplir nuestras necesidades, tenemos temor. Muchos han adoptado el punto de vista de que el hombre es el centro del universo y que todo lo que ocurre debe ser controlado por él. No obstante, la necesidad de estar a cargo de nuestro propio destino tiene un gran defecto. Nosotros no somos todopoderosos ni podemos evitar queacontezcan ciertos eventos, sólo Dios es soberano. En última instancia Él es la única fuente de nuestra seguridad.
Puesto que nos hemos sugestionado para creer en la mentira de que separados de Dios somos auto-suficientes, el temor impera en nuestras mentes sin control alguno. En lugar de tornarse a Dios en oración, nuestras mentes andan a la deriva, de un problema imaginario a otro. Intentamos arreglar todo y terminamos exhaustos espiritual y emocionalmente.
Satanás se complace en hacer que andemos corriendo emocionalmente. Él toma medidas extremas con tal de lograr que nos imaginemos todo tipo de cosas o situaciones. La mayoría de nosotros sabemos lo que es pasarnos una noche en vela debido a pensamientos o preocupaciones que se convierten en temores.
Un solo pensamiento puede multiplicarse y crecer mil veces si es regado por las mentiras del enemigo. Su principal objetivo es hacer que dejemos de confiar en Dios. Una vez que logra que lo hagamos, él nos despoja de toda sensación de paz y esperanza; comenzamos a dudar de las promesas de Dios y antes que nos demos cuenta el temor ha erigido toda una fortaleza en nuestra vida.
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